ACHTUNG!, achtungrafías, carrusel, literatura, opinión — 9 noviembre, 2018 at 23:07

Biografías imaginarias con Teoteto de Anticitera (507-554) monje y hereje de la Edad Media

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Iniciamos la serie Biografías imaginarias de gente mediocre o que gasta su talento en chorradas con Teoteto de Anticitera (507-554) monje y hereje de la Edad Media.

Nos resulta difícil imaginar al contemporáneo de Teoteto: estamos acostumbrados a creer que vivían al final del mundo, y nos resulta demasiado fácil pensar que no son personas, sino esquemas, figuras hieráticas, perpetuamente de frente, pixeladas y con expresión entre seria y estreñida, pensando sólo en el final inminente del mundo que conocían y en cualquier retorcida disputa teológica de la época, eso si pensaban algo. Es absurdo, claro: eran humanos y debían tener las mismas preocupaciones, neurosis y complejidades que nosotros. No Teoteto, sin embargo. Su obsesión era tan determinada en carácter como fútil en objetivos.

Nace Teoteto, monje y hereje, al principio de la Edad Media: nadie alrededor de él se dio cuenta de este hecho hasta muchos siglos después. En Roma, en ese momento ya un decorado, poco más que un museo, el último Emperador de Occidente había sido depuesto una generación antes por Odoacro, quien duraría aproximadamente media hora antes de ser depuesto a su vez: un hecho al que nadie da mayor importancia, acostumbrado ya a varios siglos de marcha imparable hacia el progreso iluminados ahora por el cristianismo. Y de todas formas Roma continúa, en el Este, y continuará durante un milenio más.

Conocemos hoy a la isla de Anticitera por la misteriosa máquina descubierta en 1901 en sus aguas, un estuche lleno de ruedas dentadas, levas y bielas que resumía el universo y su funcionamiento para su propietario en un cómodo paquete. También intentó Teoteto (una de tantas coincidencias que no significan nada) resumir a Dios y al mundo en un cómodo paquete: le salieron dos, mal envueltos, con el lacre medio despegado, la cinta que los ceñía medio suelta.

Teoteto, hijo menor de una familia acomodada, recibe una somera educación y es despachado a los dieciocho años a un monasterio en el Monte Atos a recibir las sagradas órdenes. Encerrado toda su vida en una diminuta isla colgada en medio del Mediterráneo entre Creta y el Peloponeso, a Teoteto le falta tiempo para unirse a lo que cree el gran mundo, deseoso como está desde niño de ganar fama y gloria. No se hace ilusiones: no ve futuro como cortesano en la corte de Constantinopla, donde las constantes intrigas hacen que la esperanza de vida media de los ministros y consejeros del Basileus sea comparable a la de los asilados de las mejores leproserías de Alepo o Antioquía. Tampoco -siendo como es más bien tirando a vago, introvertido, soñador, poco inclinado al esfuerzo físico, enclenque, tímido, cobarde, probablemente heterosexual- termina de verse como soldado en los ejércitos que protegen al Imperio de las múltiples depredaciones de Hunos, Avaros, Alanos, Vándalos, Gépidos, Eslavos, Obotritas, Telemitas por un lado, y de Númidas, Nubios, Ghassanidas, Rhassánidas, Nabateos o Persas por otro:. No le queda otro camino, y lo acepta casi con vocación, que el de convertirse en Padre de la Iglesia, y dedicar su intelecto -que desde su pequeña isla juzga sino privilegiado al menos suficiente para vérselas con los grandes casuistas del Imperio- a intervenir en los grandes debates filosóficos de la época, que afortunadamente han quedado ya reducidos a uno solo, que hace a los demás innecesarios, puros escolios que puede uno cubrir con monstruitos iluminados si quiere.

El contexto: Tras cuatro siglos, Cristo y sus discípulos han empezado a hundirse en el ritual y la literatura, por no decir la fanfiction: a Teoteto, como ya a muchos de sus contemporáneos, Dios, Cristo, la Creación, el Alma, la Salvación, muchas otras palabras que escribirían en mayúsculas si éstas existieran ya, han llegado al estado en el que se han convertido simplemente en reglas, partes de un sistema con las que trastear y a las que mover para ver qué ocurre con el resto del sistema.

Es un juego complejo que se juega en las trastiendas de basílicas cupuladas y en las salas adornadas con pórfido y seda de prioratos, arzobispados y el mismo palacio de Constantinopla. Los vaivenes de la partida, sin embargo, afectan hasta al último rincón del Imperio y de los nuevos reinos bárbaros que surgen y caen donde antes se erguía el Imperio de Occidente. Una coma mal transcrita en un scriptorium de Constantinopla puede llevar a desuellamientos públicos en Capadocia. Una discusión casual entre teólogos a la salida del Hipódromo, a la caída de algún Khan en Escitia. Para cuando comienza el Siglo VI, como nos cuenta como un fiel amigo Gibbon en los capítulos más cómicos y tediosos de su best-seller, casi toda la acción de la partida se ha trasladado a la cuestión de la relación del Hijo con el Padre, que pronto se convierte en un juego dentro del juego todavía más complejo que el original. El Concilio de Nicea en el año 325 había querido clarificar las reglas: sólo llevará a más confusión durante más de dos siglos. Arrianos, monofisitas, donatistas, toda posible combinación de relaciones entre el Padre y el Hijo en la Trinidad es explorada: el Padre es congruente al Hijo, la sustancia es similar, la sustancia es la misma, la sustancia es distinta, la sustancia es la misma excepto en ciertas circunstancias detalladas en los apéndices A y B de mi pergamino. Estas disputas llevan a la muerte a varios obispos y emperadores. El Concilio decreta que la relación entre el Padre y el Hijo es de Homoousios (idéntica sustancia) y no Homoiousios (similar sustancia): esa i provoca miles de empalamientos en Siria, Cilicia y Galacia.

En medio de todo esto pronto se cansa Teoteto del ambiente bucólico y tedioso del Monte Atos. Su deseo de inmiscuirse en estas grandes diatribas cuyos ecos llegan siempre bien adornados al monasterio (Los adeptos donatistas en Numidia desuellan niños un mes cada cuatro años, en el verano; en las misas arrianas se adora una zanahoria; los sacerdotes polifisitas de Comagene expresan su desprecio por el mundo material obrando en directo en sus iglesias, etc.) es tan grande como su inconsciencia de lo que realmente implica. También del hecho de que, tras dos siglos de partida, ya no quedan muchos movimientos por ejecutar y los jugadores comienzan a aburrirse.

Pero Teoteto abandona el monasterio justo antes de recibir las órdenes mayores y vaga por Grecia y Anatolia predicando y escribiendo. No le gusta Constantinopla: hay demasiada gente, y Teoteto es incapaz de hacerse oír. Al poco está predicando su doctrina por los caminos de Anatolia. Ha descubierto que formalizar una doctrina es más difícil de lo que parece, y de todas formas todas las ideas interesantes ya han sido intentadas, y sus practicantes normalmente destruidos por turbas enfurecidas, los ejércitos imperiales o el aburrimiento.

Al principio opta por una idea que le parece simple pero radical: no es el Padre quien antecede al Hijo, dice, sino el Hijo quien antecede el padre. Es casi el único en apreciar la elegancia del concepto: los únicos documentos que nos quedan de este primer intento son una mención sardónica en los archivos de un sínodo de Éfeso hacia 535, más llena de piedad conmiserativa antes que de condena. Esforzaos más, Hermano Teoteto.

Sin embargo, y como si de algo está sobrado el siglo VI es de campesinos analfabetos que se unirán a prácticamente cualquier cosa que les prometa cualquier otra cosa, a la larga termina por rodearse de un grupo de discípulos. Esto tiene su mérito considerando que Teoteto está demasiado ocupado intentando concretar en qué consiste realmente su doctrina como para prometer nada a aquellos que quieran seguirlo. Su doctrina empieza a formarse en esta época, y empiezan a aparecer sus primeros escritos, fragmentos que hablan de misteriosas máquinas luminosas, de ruedas de fuego y acero que se elevan invisibles hasta el cielo: Teoteto se ha cansado de cabalizar sobre el Padre y el Hijo, y ha optado por trampear la solución del juego.

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