Chico bisex busca, sexo — 18 marzo, 2015 at 15:14

Aquí y ahora

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Por A.C | Fotografía Cain Q

Aquí y ahora

Le acababa de colgar el móvil a mi madre todavía borracho, me había gritado sollozando que mi padre había muerto y lo primero que se me ocurrió fue llamarlo. ¿Cuánto hacía desde la última vez? ¿Un año y medio, casi dos? Por un lado, yo no sabía lo que estaba haciendo, pero a la vez en ese instante operaba el último nivel, el más desnudo de mi conciencia, y eso siempre quiere decir algo. ¿Acaso puedo llamar pensamiento al acto de abrir de inmediato la agenda del móvil, encontrarlo sin necesidad de hacer scroll (no le había quitado lo de “AA” en todo este tiempo) y marcar su número sin tener en cuenta ni la hora ni mi estado ni mi silencio desde aquel verano?  Me cogió el teléfono, lo había despertado y, sin embargo, en su voz no hubo nada más allá de una ligera ronquera y titubeos al principio que enseguida se tornaron en determinación, escucha atenta, la promesa de una cita en un lugar (estación de Atocha, invernadero) y una hora (nueve de la mañana) que me dejaban el tiempo justo para cumplir mi parte del trato: ducharme, hacer una maleta pequeña y coger el metro que me llevaría hasta Alberto.

Mi tren salía a las nueve y media, él se había ocupado de todo. Había entrado en la web de Renfe, había comprado mi billete y me lo había imprimido. Allí lo llevaba en su mano, en un folder transparente, cuando le vi aproximarse en cuanto me distinguió a lo lejos. Me contuve, no sé por qué, y eso le impulsó a contenerse él también, aunque podía ver su rostro, incluso su cuerpo domándose a duras penas. Pero Alberto adoptó muy bien su papel protector y tan solo permaneció a mi lado, de pie, mientras yo decía chorradas por llenar el tiempo. Sentía, claro que sentía, pero era fácil camuflarlo bajo los efectos de la bebida y con mi familia esperándome en Zaragoza para velar y enterrar a mi padre.

En estas semanas no había vuelto a tener contacto con él. No había contestado sus whatsapps de los primeros días e incluso dejé sonar más de una llamada suya. Puedo ser así de ingrato, así de estúpido. No insistió, y yo no me molesté tampoco ni en intentar devolverle el dinero. Pero lo que no había ocurrido en casi dos años pasó ayer: nos encontramos de bruces en la calle, en la plaza de Antón Martín. Él había salido de una peli en la Filmoteca, yo iba justamente a ver la siguiente después de un polvo que acababa de echar por Tirso de Molina. No sé si llegó a escuchar mi saludo, tan muda sonó mi voz aunque por dentro gritara al verlo. Lo besé, le agarré con suavidad la cabeza y lo besé como solo a él lo he besado. Me golpeó un huracán de tiempo: reconocí al instante el sabor de su saliva, el olor de su pelo, cómo sus abrazos estrechan mi pecho contra el suyo. Hacía frío, el dorso de mis manos estaba congelado, pero mis yemas se sentían cálidas en su piel. Nos echamos contra una pared y ya no nos importó nada. Buscábamos el contacto bajo la cazadora, bajo el jersey, bajo la camiseta. Recorríamos nuestras espaldas, nuestros costados, alisábamos el vello de nuestros vientres. Le veía más sexy, las nuevas canas aparecidas en mi ausencia le sentaban bien, demasiado bien. Algo nos anclaba a ese lugar, algo que era temor y era hedonismo y muchas otras cosas que yo trataba de expulsar de mi mente conforme sentía mis labios más y más doloridos, mi bóxer empapado, mi polla asomando prácticamente por el pantalón. En un momento determinado, Alberto me cogió de la mano y me llevó hasta su casa. Todavía vive en el mismo sitio, apenas a dos minutos de ese lugar de donde no habría querido irme nunca.

No follamos. En cuanto entré en su dormitorio me quité toda la ropa, me metí en la cama y mi mirada le hizo entender que quería que él hiciera lo mismo y nada más. Solamente quería silencio, contacto. No había palabras que pudieran darme más que estar bajo las sábanas escondido en su cuerpo, como si mi piel se extendiera en su piel, mi interior prolongado en el suyo, arterias invisibles comunicando nuestra sangre, sinapsis virtuales conectando nuestros pensamientos, emociones, percepciones de un día que lentamente se apagaba al otro lado del balcón.

Más tarde, mientras él preparaba algo de cenar, me deslicé hacia el hueco cálido que Alberto había dejado en el colchón.

Anoche me quedé en su casa. Antes habíamos puesto la tele apenas sin volumen, una lista de Youtube que Alberto todavía guarda de vídeos que nos gustaban a los dos. La pantalla proyectaba un mundo no muy lejano que había llegado a ser casi cotidiano, casi feliz. Me quedé dormido en el sofá, sobre él, entre sus brazos. No recuerdo cuándo me llevó a la cama.

Esta mañana, una nota en su mesilla: 

“Te he hecho café, hay de todo en la nevera y en el armario de la comida. Tengo esas galletas que te gustan, ya sabes cuáles, búscalas. A.”

Cuando me he levantado, me he asomado al balcón y he vuelto a hacerme las mismas preguntas que cuando le conocí. He tenido la sensación de no haber aprendido nada en este tiempo.

Luego me he quedado un rato largo en su cocina. Me gusta mucho que sea grande, antigua, con esa mesa en el centro donde agarrar bien fuerte la taza de café. No había vuelto a comer esas galletas, dejé de comprarlas, las aborrecí porque me recordaban a él. Me han sabido deliciosas.

Llevaba un pantalón de chándal y una sudadera suyos, los había buscado en su armario. Los recordaba. Me venían algo holgados, me sentía a gusto en ellos. Encontraba reconfortante ese pequeño desajuste.

Pasado mediodía, le he dado las gracias por todo en un mensaje de voz de Whatsapp y me he venido andando a casa, no podía meterme en un metro, prefería pasear y además así tendría cobertura todo el tiempo. Pero Alberto no me ha contestado hasta hace unos minutos. Por fin puedo acostarme.

Hay desajustes que, inexplicablemente, encajan.

} continuará

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