ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura — 18 marzo, 2018 at 15:19

Antología poética de Sylvia Plath: La gélida disciplina del corazón

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Desde hace un tiempo se ha venido recuperando, de forma felicísima para la literatura y la poesía, la figura de Sylvia Plath. El trabajo editorial ha sido en la mayoría de las ocasiones notable, con una nueva difusión de sus poemas, la publicación de biografías, —también atendiendo a su narrativa, menos conocida — y reivindicándose así el puesto que merece la poeta de Boston, una de las voces más personales del pasado siglo. En esa línea de renovación de la obra de Sylvia Plath, la editorial Navona acaba de presentar dentro de su colección de Ineludibles, una Antología poética de la autora, que se beneficia de la nueva y moderna puesta al día con la traducción de la poeta jerezana Raquel Lanseros.

Las editoriales ya lo saben, apostar por publicar poesía es todo un riesgo, porque en este país la poesía anda en muletas y con una pata quebrada, en la mayoría de las ocasiones en manos de diletantes y advenedizos. Por eso, es necesario significarse con ediciones como esta, cuidadas hasta el mínimo detalle, que presentan novedades, y que resultan, a la vez, asequibles al lector.

La Antología poética que nos presenta Navona es aquella que seleccionó el poeta británico Ted Hughes, marido de Sylvia, de forma póstuma tras el suicidio de la autora. Hughes tuvo en cuenta, a la hora de ordenar las piezas, la fecha de composición y no la de publicación. Esto dota a la Antología de una interesante unidad cronológica para apreciar la evolución de la escritora.

Realmente, Sylvia tan sólo logró publicar en vida un libro de poesía, El coloso (1960) y la novela juvenil —que luego resulta muy poco juvenil, la verdad— La campana de cristal (1963), justo antes de suicidarse. Siempre he creído que para aproximarse a la obra de un autor la mejor forma de hacerlo es de una manera cronológica. Una primera obra es la primera por algo, y cada trabajo ocupa el lugar dentro de la trayectoria vital como consecuencia de lo escrito anteriormente. Esto se ve muy claramente en el orden elegido por Ted Hughes.

La obra poética de Sylvia Plath se recoge en casi 300 poemas escritos desde 1956, con un momento determinante en su producción que comprende los seis últimos meses de su vida, donde nacieron algunos de los poemas más importantes para conformar su poética devastada, furiosa y conmovedora. De esta forma, la Antología propuesta por Ted Hughes abarca desde el inquietante La señorita Drake se dispone a cenar —de 1956 y en donde ya aparece la locura, el desequilibrio mental de una paciente psiquiátrica — hasta ese Filo —de 1963— con el que se cierra la selección y que anticipa el trágico final de la autora.

Sylvia y Ted Hughes: entonces parecían momentos felices…

En primer lugar, quiero reconocer el complejísimo trabajo de Raquel Lanseros en la traducción. Solo siendo poeta, únicamente desde la poesía, se puede abordar el enorme desafío que significa la obra de Sylvia Plath. En un pequeño prólogo, corto pero jugoso y tremendamente sincero, la traductora nos muestra con humildad sus miedos y su respeto ante semejante tarea. Y no puede parecerme más acertada su afirmación de que este proceso es como el de

quien trasvasa un precioso líquido desde una vasija a otra, confiando en no perder demasiadas gotas durante el traslado”.

Esta Antología es, pues, una damajuana repleta del fluido lírico de una mujer que expresó en su poesía el descontento, el drama del mundo en el que vivía, siendo capaz de presentar las imágenes más perturbadoras repletas de una belleza tan fría como extraña, tan conmovedora como triste.

Una muestra de ello es el poema que abre el libro, poema al que me referí antes, el pavoroso La señorita Drake se dispone a cenar. Sacudidos desde el principio por esta imagen de la locura, ya no nos queda otro remedio que rendirnos al mundo que Sylvia pone en pie con cada poema.

Por eso, el segundo poema, Solterona, nos proporciona una perspectiva desde un ventisquero al que nos asomamos para otear sobre el congelado mundo interior que atormenta a la autora, que vive en el invierno y se blinda a la primavera y a todo lo que significa esa estación: le resulta imposible un deshielo del corazón.

Una sensación, la de encontrarse bajo capas de hielo, asfixiada o ahogada, recurrente en la imaginería de Plath, tal y como se nos muestra en A cinco brazas de profundidad, con ese angustioso verso final: “preferiría respirar agua”. En este caso, es la insoportable presencia del padre la que oprime a la escritora. No en vano, tras la muerte de su padre intentó ahogarse en el mar, al estilo de Virginia Woolf; algo antes, en su primer intento de suicidio, y apoyada en los somníferos, también buscó la asfixia.

Virginia Woolf, un referente de vida y muerte para Sylvia Plath.

El suicidio es un motivo recurrente, por tanto, en el imaginario de la poeta. De esa forma, el poema Suicidio en Egg Rock parece mostrar el camino que Sylvia iba a seguir en el futuro. La punta de Egg Rock en Massachusetts, con un faro decadente, proporcionaba el lugar perfecto para llevar a cabo un suicidio. En su novela La campana de cristal ya hace referencia al lugar como un sitio muy adecuado para este cometido. Curiosamente, en este poema, la voz es la de un hombre, algo poco común en las composiciones de la autora, lo que muy bien podría significar la definitiva toma de conciencia de que su única salida, tarde o temprano, sería suicidarse.

Las imágenes son poderosísimas, un compendio de rabia, dolor y frustración. Desde ese “chucho corriendo al galope”, pasando por “las moscas se filtraban por la cuenca del ojo de una raya muerta”, o “las palabras de su libro abandonaron las palabras como gusanos”, en posible referencia al suicidio de Virginia Woolf que tanto obsesionaba a Sylvia Plath, o a la novela Al faro. Este poema es una de las obras maestras de su autora. Inquietante, directo, con esa atmósfera marinera de escollera en donde la muerte es algo apestoso y oprimente.

En esa raya muerta encontramos la continuada presencia de la muerte, la premonición cadavérica que se apodera de parte de la poesía de la mujer. Todo ello se aglutina, además, en cierta recreación o evocación del mito del monstruo de Frankenstein en Las piedras. Aunque aparece en la Antología como un poema aislado, se trata de la séptima parte del extenso Poema para un cumpleaños. En esta poesía la autora recrea sus sesiones de electro shock tras su primer intento de suicidio, cuando intentaron curarla con ese tipo de terapia. Las descargas y las cicatrices recomponen a las personas mentalmente enfermas como a un nuevo monstruo de Frankenstein. Puede completarse esta poesía con la lectura de los capítulos 12 y 13 de La campana de cristal. El texto, además, está basado en una antigua leyenda antropológica sobre la resurrección.

Portada de la primera edición de La campana de cristal de Sylvia Plath. Novela que firmó con el seudónimo de Victoria Lucas.

El impacto visual de las composiciones de Sylvia tiene una muestra de su maestría en El balneario calcinado, en donde se refiere a las ruinas del antiguo balneario de Saratoga Springs. Los restos del edificio son como el cadáver de un animal cuyos huesos, su costillar, se blanqueara al sol, o tal vez como el despojo herrumbroso de un naufragio.

A veces, la poesía de Sylvia Plath parece querer mostrarnos el cuerpo enfermo, el cuerpo como un recipiente no solo de la locura, sino también como un elemento perteneciente a la naturaleza que acabará descompuesto, como las flores, como ese balneario incendiado; todo alberga, en su interior, un preludio mortal.

Son motivos que se repiten en, por ejemplo, el poema Olmo y en Amapolas de julio: las plantas, los árboles, asociados a la enfermedad y a la muerte. Interesante concepto que también aparece corporeizado en el significado mortal que posee la fruta para la poeta española Montserrat Doucet.

En Insomne, la permanente exposición a las pastillas para dormir termina por inmunizar al enfermo, que suma al sufrimiento de vivir el suplicio de no dormir y permanecer, así, permanentemente enganchado a la realidad y esa incómoda percepción de la nueva mañana que solo podemos entender quienes dedicamos las horas de nuestra angustia a esperar “la enfermedad blanca” del nuevo día.

Otto Plath, padre de la poeta y uno de sus principales problemas.

No quiero abandonar este somero repaso a la Antología sin detenerme brevemente en el poema Papá, analizado hasta el hartazgo por la crítica que siempre señala asuntos relacionados con el complejo de Electra en esta composición. Simplemente, quiero manifestar, de nuevo, el impacto que produce su lectura gracias a la brutalidad encerrada en los paralelismos con el nazismo, los campos de exterminio y la caracterización del padre como un Hitler, incluso como un Drácula, y ese demoledor “cabrón” final.

Por supuesto, la Antología reúne muchos de los poemas más conocidos o determinantes de Sylvia Plath, como Ariel, Muerte y Cía o Los maniquíes de Múnich. Todos ellos son pedazos, costras, partes de ese gélido corazón de la autora que parece ya no responder a ningún estímulo, que dicta una poesía destructiva de una belleza enferma, ante la cual el lector solo puede dejarse mecer, derivando y asistiendo a lo que será el inevitable final, que se anuncia en Filo, su último poema.

Tumba de Sylvia Plath en el cementerio de Heptonstall, en West Yorkshire, Reino Unido. Resulta curioso el gran número de bolígrafos que depositan los visitantes.

Hasta aquí hemos llegado, se acabó”, enuncia la poeta en uno de los versos de Filo. Pero nada se había terminado. Al contrario, la muchacha del corazón gélido, la poeta de la angustia y del suicidio, Sylvia Plath como cuerpo de literatura, acababa de empezar justo en donde Filo colocaba su punto y final, que no era más que, en una curiosa metamorfosis, un punto y seguido en el camino de la eterna memoria de los poetas.

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