ACHTUNG!, artes | letras, libros, literatura, Odradek, opinión — 3 agosto, 2018 at 22:08

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo

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Ya estamos metidos en agosto, y eso significa, para un sector afortunado de la población, vacaciones. Al menos para algunos. Muchos de aquellos que están sumidos en ese trance vacacional mudan sus ropajes, e incluso su piel, y se comportan como energúmenos descerebrados, porque ya se sabe: en vacaciones parece que todo vale. Incluso se admite hasta la lectura de aquellos libros de literatura basura en la creencia de que nos proporcionarán un rápido entretenimiento acorde con el compás de las olas a la orilla del mar…, acorde con el tipo pesado de las palas, con esos borricos de la pelota de fútbol, con el grupito de la radio a todo volumen. Si los libros son una defensa ante las ofensas de la vida, en verano son, más que nunca, una defensa ante la infamia de las vacaciones. ¿Ofreceros una lista con los libros veraniegos recomendados? No, que va. En Achtung! siempre vamos más allá, ya lo sabéis. Hoy os traigo una lista de los libros con los que me defendí de las vacaciones de verano.

Recuerdo un verano muy especial en la urbanización de La Zenia, perteneciente a las playas de Orihuela, en Murcia, destino que he repetido en varias ocasiones porque allí tenía un apartamento familiar. Su playa, El bosque, apareció en un vetusto Estudio 1 de Radiotelevisión Española (entonces no era solo “televisión”), de aquella época en la que existían únicamente dos cadenas, y lo hizo como escenario de una parte de la obra Cuatro corazones con freno y marcha atrás (Espasa Calpe, colección Austral) de Enrique Jardiel Poncela.

Una parte de rocas, la llamada Cala Capitán, aparecía al fondo con los personajes en primer plano, Una playa salvaje, muy alejada de la marabunta urbanística que ahora la ha convertido en irreconocible. Al mismo ritmo que proliferaron los bungalós lo hicieron los turistas de dudoso gusto. Al principio, pensé que un paraje que servía de fondo a una obra de Jardiel Poncela no podría resultar incómodo, pero estaba equivocado.

En el siguiente enlace os ofrezco la obra entera, con algunos actores clásicos españoles como Ismael Merlo, Amparo Baró, Teresa Rabal, Luis Varela o Mari Carmen Prendes. Es muy recomendable, la verdad, y las escenas de la playa aparecen, para los más curiosos, desde el minuto 38; así se puede apreciar como era esa zona en septiembre de 1977, fecha de la filmación:

Al abrigo del estallido turístico, la zona se saturó de chiringuitos de atronadora música infecta mientras te asediaba bajo la sombrilla una marea de vendedores africanos de mantas, de chinos que ofrecían dudosos masajes y de gitanos que vendían réplicas de gafas de sol de marca y baratijas. Ese verano de bullicio desaforado, de noches aguantando las risotadas de los vecinos ingleses hasta el amanecer, o de belgas que arrasaban en la piscina como si fuera un parque acuático privado, encontré refugio en El tambor de hojalata (Alfaguara) de Günter Grass.

Aquella novela salvó mi verano, como después tantas otras me valdrían, como un escudo del Capitán América, para protegerme de tantas iniquidades: de la señora que le cambiaba el pañal al niño y lo lavaba en la orilla del mar, del grupo que se ponía a jugar a las cartas a voz en grito, del zumbido de las motos acuáticas, y de los idiotas obstinados en ahogarse en una playa peligrosa como aquella y que, una vez rescatados, todavía tenían fuerzas para insultar y pelearse con los socorristas.

El libro de Günter Grass (Premio Nobel de Literatura y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, ambos en el año 1999) es una de esas grandes joyas que nos ha legado ese género absolutamente prodigioso que es la novela, y que según en manos de quién caiga puede pasar de prodigioso a odioso.

Pero volviendo a El tambor de hojalata, la obra de Grass lo reúne todo si queremos aislarnos de la voracidad y de la grosería del mundo que nos rodea. En una larga tirada de páginas, tantas como 660, el escritor alemán nos sumerge en el mundo de la ciudad polaca de Danzig, lugar donde estalló la Segunda Guerra Mundial, bajo la mirada de los ojos de un niño muy peculiar.

Elegí esta novela grotesca, picaresca y crítica, insoportablemente lúcida, como libro del mes de agosto del año pasado para uno de los sitios en los que colaboro, Mi Nueva Edad. Puedes leer mi reseña en este enlace:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/8/2/el-libro-del-mes-el-tambor-de-hojalata/

Así que es bien significativo: si necesito pensar en un libro para el veraneo, que me defienda del veraneo, siempre acude a mi cabeza en primer lugar este prodigio de la literatura alemana. Será por algo. Así que le otorgo, en capacidad defensiva y de blindaje ante paellas de arroz pasado, niños gritones en la piscina y menús del día con un 500% de recargo, dos Cola Jets (y el Cola Jet es mi mayor baremo).

Me viene a la cabeza una nueva ocasión en La Zenia, durante otro veraneo: me veo chapoteando con los pies, sentado al borde de la piscina, yo solo, durante las peores horas de calor de la mañana, mientras todos se están cociendo en la playa cercana; de ella regresaran los ingleses, los holandeses y los belgas, como una manada de ñus en estampida cruzando el Serengueti, para convertir ese rectángulo de agua, a eso de las dos o las dos y media de la tarde, en uno de los lugares más insoportables de la zona.

Es cierto, el comportamiento durante el verano cambia radicalmente. Es inevitable. El mundo está repleto de situaciones ante las que, por mucho que te embosques, acaba brotando tu verdadero yo. Y ese yo es infame, taimado, egoísta y sucio. Por ejemplo: un Burger King (o un Mc Donald´s, que para el caso son lo mismo), donde a golpe de promociones XXL adquirimos una cantidad ingente de comida que no podremos terminar, y beberemos, gracias a eso de rellenarnos el refresco gratis, de forma incontrolada.

Lo mismo ocurre en el bufé libre veraniego, aquello es una radiografía cruel de la personalidad de cada uno. Basta con ver los platos a rebosar. Otro lugar que saca lo peor de nosotros es el campo de fútbol, aquí no creo necesarias las explicaciones y, curiosamente, esos minutos previos a la proyección de una película en el cine. ¿Qué no sabéis de qué hablo? La próxima vez echad, por favor, un vistazo alrededor. Somos ogros… a la espera de un incentivo para desencadenarnos.

Pero mi columna de El Odradek de hoy no es antropológica, aunque pueda parecerlo, sino defensiva. De la defensa que la literatura nos ofrece ante el bronceador con olor a coco, de aquellos que pisotean las toallas de los demás cuando se dirigen a bañarse, de quienes se colocan justo al lado de tu sombrilla cuando tienen metros y metros de playa para hacerlo… Incluso de esas señoras que, como un correcaminos reencarnado, se hacen siete u ocho largos de la playa a pleno sol y a ritmo de paso de Marine para luego asegurar, a tu lado, que las está matando la artrosis.

La vacaciones veraniegas son un mundo chusco y perverso del que muy pocos pueden huir, pero yo, en aquella piscina silenciosa a la espera de que llegase la estampida, me defendía de todo aquello con un ejemplar de La mandolina del capitán Corelli (Plaza & Janés), del británico Louis de Bereniéres, novela por entonces no contaminada con la película de Nicholas Cage y Penélope Cruz: y es que esos dos pueden cargarse cualquier cosa que se les ponga por delante.

En efecto, nos encontramos ante una gran novela que es, fundamentalmente, un brillante ejercicio de narración. Como ejemplo, muchos de los argumentos y personajes de la novela ni siquiera aparecen en la película, así que olvidémonos de ella y centrémonos en el texto.

Una novela histórica que elige narrar las desdichas del bando de los perdedores, en este caso los italianos, y que abunda en algunos aspectos históricos de una forma muy original, ofreciendo retratos sorprendentes de algunos personajes reales y elaborando un grupo de protagonistas inspiradísimos. 250 páginas de absoluto blindaje a la indigestión de melón insípido, al gazpacho aguado y a la petanca playera, que califico con dos Drácula en el índice de protección.

 

Aún guardo otro recuerdo de las playas de La Zenia, en este caso leyendo bajo la sombrilla mientras era asediado por vendedores de fruta, de sandalias, de refrescos, la canción del verano se proyectaba desde el chiringuito cercano y los aviones con publicidad de El Tío de la bota o Aqualand (¿por qué no estaba escrito con la ce?)  hacían sus pasadas en vuelo rasante.

En mitad de todo aquello, como Astérix, defendía mi pequeño reducto de sombra y me sumergía en un libro. En este caso se trataba de las Confesiones de un inglés comedor de Opio (Cátedra), de Thomas de Quincey, y posteriormente me cobijaría en otra de sus obras, Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Alianza).

Tengo que reconocerlo: este escritor promete más en los títulos de sus obras porque el contenido, por mucho que le gustara a Borges, no se encuentra acorde con la magnificencia de los títulos. Incluso su nombre, ese Thomas de Quincey, hace pensar en un escritor más grande de lo que es.

En esos dos trataditos podemos encontrar una visión de la vida refrescante y algo estrambótica. Por ejemplo, en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, se nos asegura que:

Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.

Hay que reconocer que con afirmaciones así uno puede contemplar el devastador panorama playero con otros ojos. Se tratan de dos opúsculos, el del opio con marcado carácter autobiográfico, que buscan transgredir las formas y las reglas, pero con el arma de la inteligencia, no con pestíferas barbacoas a media tarde, ni con lavados del coche en mitad de las plazas del aparcamiento de la comunidad, ni con escandalosos baños en la piscina a media noche o, uno de mis favoritos, con la televisión a todo volumen hasta las tantas.

Evidentemente, para poder transgredir las normas y alterar el statu quo de las buenas costumbres de la época hay que ser inteligente, cínico y ácido, y todo ello sabe serlo De Quincey. Lamentablemente, los ingleses que disfrutan en las playas de Orihuela de sus 15 días de sol anuales están más por trasegar contenedores de alcohol y por elevar la temperatura de su piel a 800 grados. Cada cual transgrede como sabe o como puede. El problema radica en cuando esa transgresión te hace la vida imposible a ti.

De modo que a estos dos ensayos, o cómo se quiera definirlos, los catalogo, en mi clasificación de defensa y blindaje ante la diarrea estival y el vino de garrafón, con dos Calippos de Lima-limón.

 

La semana que viene abandonaré La Zenia y Orihuela, y os hablaré en una segunda entrega de otros libros con los que me he defendido del verano en localidades como Tenerife, Jávea o Fuerteventura, donde la hostilidad también era elevada y el nivel de alerta insostenible.

Porque aunque sean vacaciones, alguien debería recordarle a las hordas desencadenadas que, o no lo son para todos, o acaso algunos no queramos disfrutarlas como ellos, en su estilo chabacano y zafio. Que el acto de extender universalmente el jolgorio de la borrachera haciendo participe a todo el mundo de los gritos y la escandalera, tal vez no sea tan pertinente como pueda parecer bajo el prisma que proporcionan muchas copas de más en el estómago.

Afortunadamente, siempre aparecerá un libro con su blindaje de adamantium tras el que podremos resguardarnos de calimochos, pinchos de tortilla rancia, mayonesas con salmonelosis, cervezas recalentadas y sin gas, quemaduras solares, una desgraciada exhibición de tatuajes de mal gusto, los top-less más inoportunos y esos papilomas piscineros que siempre acuden fieles a la cita para recordarnos que vivimos la inigualable fiesta del veraneo.

 

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 2)

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