ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 8 septiembre, 2018 at 17:40

Algunos libros buenos (pero muy extraños): literatura ergódica y OuLiPo

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Tengo un grupo de Whatssap con los alumnos que conforman el Taller de Literatura Comparada que imparto en Torrelodones. Ayer, me hablaron acerca de un escritor francés, Mathias Enard —premio Goncourt 2015 por su novela Brújula (Random House)—, que aparecía en una entrevista del último número de Jot Down Magazine. Lo que más llamaba la atención era que otra de sus novelas, Zona (primero publicada en Bellacqua y después, también, en Random House), se compone de una sola frase escrita en primera persona y que abarca cerca de 500 páginas sin puntos y aparte, a excepción de tres capítulos tan extraños como el resto de la narración. Esta construcción, tremendamente compleja para el lector, y no menos infernal para el autor, me ha llevado a recordar otro tipo de novelas de este estilo, desde la llamada literatura ergódica, pasando por los ejercicios del OuLiPo. De todo ello os hablo hoy en este Odradek de Achtung!

Muchos tendréis en la cabeza el Ulises de Joyce, pero ese tipo de literatura experimental que se ha terminado afianzando como un clásico innovador en los discursos, los puntos de vista o en las soluciones narrativas, no es exactamente a lo que me refiero en esta columna cuando hablo de literatura extraña.

Porque, la verdad, se tratan más de ejercicios literarios que de novelas en sí, aunque en algunos casos estos ejercicios hayan creado obras maestras. En primer lugar, quiero traeros un término, ergódico, que puede resultar desconocido. Concretamente, como literatura ergódica se conoce a un tipo de literatura peculiar que exige un esfuerzo importante del lector, que debe trabajarse el texto con ahínco.

El término, aplicado a la literatura de links, o a lo que podemos denominar cibertexto, presenta una novela con vínculos que el lector debe seguir o elegir para completarla; exactamente es eso lo que significa ergódico: mezcla de términos tomados del griego y que significan trabajo y camino. Aunque suena extraño, hay bastantes ejemplos de este tipo de literatura.

La ergódica ha obtenido muy buena acogida en el campo de la lírica. Así, ya pueden considerarse los maravillosos Caligramas de Apollinaire como una forma de ello, y los Cien billones de poemas de Raymond Quenau, uno de los fundadores de la escuela del OuLiPo, a la que me referiré más adelante. Quenau propone, de una forma combinada, 10 sonetos cuyos versos son intercambiables, pudiendo elegir el lector la composición del soneto que desee. El resultado son 100.000 millones de posibles poemas para un libro imposible de leer: el resultado de poemas es de 10 elevado a 14, lo que significa que se necesitarían millones de años para completarlo.

Algunos de los fascinantes Caligramas de Apollinaire:

Hay dos títulos imprescindibles en la novela ergódica para comprender su naturaleza y funcionamiento. Diccionario jázaro (Anagrama) del serbio Milorad Pavić, y La casa de hojas (Pálido fuego/Alpha Decay) del norteamericano Mark Z. Danielewski.

Portada y contraportada de la ediciñon de Diccionario jázaro de Anagrama:

En Diccionario jázaro, que fue la primera novela publicada por su autor, la historia se supedita al concepto de narrativa hipertextual. El texto de lo que podemos denominar como novela-léxico se presenta en forma de diccionario, con sus entradas alfabéticas divididas en tres partes: una cristiana, otra musulmana y otra judía. Además, existe una versión masculina y otra femenina, en donde la diferencia es levísima, una breve frase escrita en cursiva y ubicada casi al final.

Este hombre es Milorad Pavić y ya sabe: a quienes fumamos en pipa nos gusta complicarnos la vida.

La llamada novela-léxico nos permite dinamitar los conceptos fijados de principio: el nudo, el planteamiento y el desenlace de la novela tradicional. Algo parecido a lo que hizo Cortazar con Rayuela, pero de una forma mucho más radical. Y lo radical también alcanza a la composición y presentación de los materiales narrativos, en diversos colores y con multitud de dibujos, o como en el caso de La casa de hojas, con una maquetación delirante.

La novela de Pavić presenta tres colores, uno por cada libro: el rojo para el texto cristiano, el verde para el islámico y el amarillo para el judío. A este ejercicio cromático, empleado únicamente en las palabras que encabezan cada término alfabético y no en todo el cuerpo del texto, hay que añadir algunos dibujos misteriosos. En una de las solapas del volumen se incluyen unas interesantes Instrucciones de uso, que también aparecen en el primer capítulo de Observaciones preliminares.

Por su parte, La casa de hojas, curiosamente la primera novela de Danielewski, como en el caso de Pavić, pone su acento en una maquetación endemoniada, con cambios de tipografía, dirección, páginas al revés, con notas a pie que a su vez remiten a otras notas a pie. El autor ha buscado transmitir la angustia de lo que está describiendo en el texto mediante un planteamiento tipográfico agorafóbico.

Algunos ejemplos de la maquetación delirante de La casa de hojas:

Es un texto fundamental para comprender lo que es la novela ergódica, y a qué me refiero cuando hablo de novelas extrañas o raras, que van mucho más allá de textos-río como las obras de Franzen o Foster Wallace, o de la experimentación al estilo de Pynchon. Estos autores nos proponen tramas complejas, densas y que ocupan cientos de páginas, por eso le exigen mucho al lector, pero la ergódica, además de pedirle un esfuerzo titánico de atención —como en el caso de estos autores anteriores que se especializan en novelas de larguísimo recorrido—, no permite una lectura pasiva. El lector debe actuar mientras lee. He incluso cuando ya ha terminado.

Más ejemplos de páginas de la novela de Danielewski.

Pavić anima al lector, al final del libro, a que acuda el primer miércoles del mes, a mediodía, a sentarse frente a la pastelería de la plaza mayor de su ciudad. Allí aparecerá otro lector con el mismo libro debajo del brazo y ambos podrán charlar de ello. La lectura estará completada así. O tal vez, entonces, comience.

Por su parte, dentro de textos extraños, o escritos de forma compleja más allá de las típicas formas de experimentación, tenemos la escuela del OuLiPo, o Taller de Literatura Potencial, creado por un matemático y por el escritor Raymond Quenau, de quien ya he hablado antes. Matemáticas, en efecto, porque todo esto de la literatura extraña, ergódica, o como quiera llamársela, tiene un poderoso componente matemático combinatorio, por tanto físico, y desde ahí es fácil deducirlo: fractálico y cuántico.

Los integrantes del OuLiPo se basaron en la idea fundamental de que el escritor no recibía ninguna visita de la musa del talento y de la inspiración. Simplemente, es necesario llevar a cabo un pequeño ejercicio, un desafío, para poder escribir. Incentivar así la creación. Porque el escritor talentoso no precisa de momentos de inspiración ni de epifanías. De esa forma, y de la naturaleza de esos desafíos, nace lo que denominan constricción o escritura limitada. También se pueden calificar como cancelaciones.

La escritura limitada es el producto de aplicar una ley excluyente al texto que se pretende escribir. Por ejemplo, un número de textos que a su vez sean principios de novela, pero sin los finales, centrándonos tan sólo en los arranques, y que todos ellos juntos conformen, a su vez, una novela. En este caso se ha producido la cancelación de 10 libros que han comenzado y se han interrumpido, para formar la prodigiosa novela de Ítalo Calvino titulada Si una noche de invierno un viajero (Siruela).

La espantosa portada elegida por Siruela para la novela de Calvino.

Otra constricción consiste en escribir sin determinada letra del abecedario. La novela El secuestro (Anagrama) de George Perec, está redactada sin la letra E; para la compleja traducción al español —que resultó premiada— se optó por suprimir todas aquellas palabras que contuvieran la A. Este tipo de construcciones con ausencias de letras se denominan lipogramas. Siguiendo la hipertextualidad, Perec firmó La vida instrucciones de uso (Anagrama), con una estructura de rompecabezas y de tablero de ajedrez.

Raymond Quenau, por su parte, aplicó la constricción para narrar en sus Ejercicios de estilo (Cátedra) el mismo acontecimiento trivial desde 99 puntos de vista diferentes. Cada variación obedece al enunciado que la titula: escrita como Informe policial, como un sueño, de forma amanerada…, etcétera.

No quiero dejarme en el tintero dos novelas extrañas que coinciden con algunos puntos estéticos de la novela que inició este artículo, la obra Zona de Mathias Enard. Una es Las puertas del Paraíso (Pre-Textos) del polaco Jerzy Andrzejewski, con la traducción de Sergio Pitol. Una maraña de monólogos encadenados unos con otros para formar dos solas frases. Una de más de 40 mil palabras, y otra muy breve, la frase final de cinco palabras. Insertadas en la frase principal larga se narran las percepciones y acontecimientos de un grupo de jóvenes que integran la desdichada Cruzada de los niños, descubriendo que bajo la excusa de la fe, y su contraposición en las dudas sobre el planteamiento de la idea de Dios, subyace la pasión amorosa como un motor primordial.

El segundo libro al que me refiero es a mi novela Noche y niebla, que escribí en capítulos sin puntos y aparte y con los diálogos integrados en el texto, uniendo el final de cada bloque con el principio del siguiente, utilizando un recurso que se denomina anadiplosis o conduplicación, y que es una técnica corriente en la poesía, pero no tanto en la narrativa.

De esa forma, pretendí crear una sensación de que los textos colgaban unos de otros, como sujetos de los ganchos de un matadero, buscando la angustia del lector que, no en vano, está leyendo la historia de un asesino a sueldo. No sé si logré tal efecto, al menos en parte. Eso deben enjuiciarlo los lectores.

Estas han sido algunas de esas novelas extrañas, textos que buscan implicar al lector activamente, mucho más allá de la mera lectura, incuso enviándolo a la pastelería de la plaza mayor, y que necesitan, precisamente, de ese tipo de lectores para conseguir su pleno sentido.

Son libros que no solo se leen, sino que se investigan, se diseccionan, se trabajan, narraciones que nos hacen sudar y esforzarnos, pero que a cambio nos regalan un inmenso tesoro. Porque al placer de la lectura se le añade la delicia de estar experimentado aquello que tan solo ha sido pensado para que sea desentrañado por unos pocos, o eso nos creemos cuando hacemos cábalas para entender tal o cual pasaje. Ya se sabe, los lectores somos elitistas en algunos aspectos. Y creernos únicos es lo que más nos gusta.

En eso radica la clave de un gran libro: en que los lectores, al abismarnos en el interior de las páginas, nos sintamos tan especiales como para creernos que toda aquella parafernalia infernal ha sido puesta en pie exclusivamente para torturarnos y rompernos la cabeza. Y estos libros de los que he hablado lo consiguen. Una vez leídos, son más nuestros que muchos otros que conforman nuestra biblioteca.

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One Comment

  1. Tengo por casa el libro de italo Calvino, la primera vez que lo leí me dejó frustrada, muchos años después lo volví a leer y no sé todavía me provoca inquietud. El libro de Quenau lo compré sin saber exactamente de que iba y sinceramente me sorprendió, para bien.
    Gracias por el articulo, me ha parecido esclarecedor.

    Un saludo

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