carrusel, opinión — 12 octubre, 2013 at 9:30

Lobos y corderos

por

Por Diego E. Barros

Activista de Femen protestando en el Congreso |Intereconomía

Benjamin Franklin nació en Boston el 17 de enero de 1706. Por entonces la joven colonia de Nueva Inglaterra estaba lejos de montar una revolución por pasta y prefería dedicarse a un pasatiempo más reconfortante: la caza de brujas. El propio Benjamin, que murió en la cama siendo un libertino, tuvo la mala suerte de nacer un domingo lo que para algunas sectas puritanas como a la que pertenecía su familia era un signo de pecado. Para curarse en salud, su padre hizo que lo bautizaran el mismo día que vino al mundo, poco después de lavarlo. Benjamin Franklin fue un tipo listo, dejó la escuela a los 10 años, a los 16 se hizo vegetariano y decidió gastarse en libros lo que ahorraba en comida. Hizo fortuna en el floreciente negocio de la edición, se compró una imprenta en 1728 y un año después se hizo con el periódico Pennsylvania Gazette, que publicó hasta 1748. Como además de listo también era rico se jubiló a los 48 y se dedicó a los inventos (obra suya es el pararrayos), la política y la buena vida, labor que desempeñó especialmente en Francia. Allí pasó varios años antes de la revolución lo que no le impidió hacer la de su propio país y firmar en 1783 el tratado que puso fin a la guerra de su independencia. Antes había ayudado a redactar la Declaración de Independencia de EEUU y su Constitución. Además de padre de un país, Franklin fue uno de los tipos con el humor más afilados de su tiempo.

Entre inventos, vino y mujeres fue quien de decir cosas como que «si los hombres son tan perversos teniendo religión, ¿cómo serían sin ella?», que es lo que le pasa precisamente a Francia: un país laico que se pasa el día discutiendo sobre religión. Dicho esto, lo fácil sería hablar de tetas. Y no es que sea un tema de conversación que no encuentre apropiado, muy al contrario, pero que alguien las enseñe hoy en el Congreso de los Diputados me parece un síntoma de normalidad en un lugar que hace tiempo ha dejado de ser normal. Todo texto tiene su contexto y éste suele ser la mayor parte de las veces lo importante. Yo creo que si uno (siento este plural genérico imposible) va a enseñar las tetas, al menos puede prepararse mejor lo que va a decir.

Por eso ahí es donde entra el contexto. Una minoría de diputados aplaudió. La mayoría simplemente mostró indiferencia, que es la actitud que une a todos los miembros del Congreso respecto de lo que ocurre a su alrededor. Otra alzó sus plegarias al cielo. Unir el calificativo de «sagrado» al aborto me  parece jugar en cancha ajena y ahí, como nos ha enseñado el fútbol, la desventaja es clara. Por eso a mí me dio por pensar en el ministro Gallardón y su cruzada antiabortista porque sí. Porque de lo que se trata es conculcar el derecho de otros a hacer algo que tú, por tus convicciones, no harías. Una actitud ésta que no conoce de lados de la barrera como bien demuestra el santificado Correa. La nota de color la puso Jorge Fernández Díaz, siempre tan cristiano y pensando en los demás, al advertir del peligro que corrieron los diputados de morir aplastados por una teta en el caso de que una de las activistas se despeñase sobre hemiciclo. Morir así debe de ser el colmo para un piadoso miembro del Opus como es el señor ministro. Remató la faena González Pons que en una pausa en sus días libres ―él sólo actúa los fines de semana―, dijo que lo de las tres de Femen era «antidemocrático».

Volvamos a Franklin pues el tipo que sale en los billetes de 100 dólares es una mina: «La democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué se va a comer. La libertad es un cordero bien armado impugnando la votación». Y no hay arma más temible, imagino que pensó el señor Glez. Pons, que un par de tetas. Yo, la verdad, no sé mucho de casi nada, ni siquiera sé si lo que decía Benjamin de que «en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos» es cierto. Especialmente porque el bueno de Franklin no conoció a Montoro, fue incapaz de ver sus milagros económicos, crecimientos moderados de salario y un superávit a base de medio millón de parados que, éstos también, han cobrado por encima de sus posibilidades.

 @diegoebarros

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